Enfrentándose a la razón

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Cheryl Chase

Traducción: Rafael Dumett

Resumen

Desde la década del 50 por lo menos, el nacimiento de un niño
intersexual (uno que no es claramente ni hombre ni mujer) ha sido tratado
como un problema médico: los doctores eligen el sexo, utilizan cirugía
y hormonas para "normalizar" el cuerpo del niño y entonces,
de manera casi universal, relegan todo el asunto a un silencio reforzado
con la vergüenza y el secreto. Utilizo la etnografía y la teoría
de la construcción social feminista para entender cómo y por
qué esta lucha sobre el sexo y el género vino a librarse en
mi propio cuerpo y mi psiquis, y el de otros intersexuales que se han unido
a mí para oponernos a esta única forma de opresión.

 

Enfrentándose a la razón

"Parece que tus padres no estuvieron seguros durante un tiempo si
eras una niña o un niño", explicó la Dra. Christen,
mientras me entregaba tres páginas borrosas fotocopiadas. Yo tenía
21 años, y le había pedido que me ayudara a obtener mis récords
de una hospitalización que había ocurrido cuando tenía
un año y medio, demasiado joven para acordarme. Estaba desesperada
por obtener los récords completos, para determinar quién había
retirado quirúrgicamente mi clítoris, y por qué. Quise
saber a quién debía dirigir mi rabia. "Diagnóstico:
hermafrodita verdadero. Operación: clitorectomía." El
récord del hospital mostraba a Charlie, admitido a la edad de 18
meses. Su nombre escrito a máquina había sido toscamente tachado
y "Cheryl" garabateado encima.

Pero recuerdo claramente la escena de la Dra. Christen entregándome
los récords, despidiéndome de su oficina. No puedo recordar
nada de mi reacción emocional. ¿Cómo es posible que
yo haya podido ser un hermafrodita? El hermafrodita es una criatura
mitológica. Yo soy una mujer, una mujer lesbiana, si bien carezco
de clítoris y labios vaginales internos. ¿A qué se
parecían mis genitales antes de la cirugía? ¿Había
nacido con un pene?

Quince años de parálisis emocional pasaron antes que fuera
capaz de buscar las respuestas a éstas y muchas otras preguntas.
Entonces, hace cuatro años, llegaron súbitamente una confusión
emocional extrema y una desesperación suicida, amenazando con aplastarme.
"No es posible", pensaba. "Esta no puede ser la historia
de nadie, mucho menos la mía. No quiero esto." Pero es la
mía. Señalo ese momento como el comienzo de mi salida a la
luz pública en calidad de intersexual política, una "intersexual
confesa", a tomar prestado el epíteto que hasta hace poco se
adjudicaba a los homosexuales que rehusaban permanecer invisibles.

La historia de mi infancia es una mentira. Ahora sé que después
de la clitorectomía, mis padres siguieron las indicaciones de los
médicos, desecharon hasta la más mínima evidencia de
que Charlie había existido alguna vez. Reemplazaron todos las ropas
de bebé azules por rosadas, desecharon las fotos, las tarjetas de
cumpleaños. Cuando veo a mis abuelos, tías, tíos, soy
consciente de que ellos deben saber que un día Charlie dejó
de existir en mi familia, y Cheryl estaba en su lugar.

El establishment médico utiliza los términos hermafrodita
e intersexual para referirse a nosotros. La palabra hermafrodita,
con sus fuertes asociaciones mitológicas, refuerza la noción
de que el hermafroditismo es una fantasía, no tu vecino, tu amigo,
tu profesor o - en especial - tu bebé. Y, como da a entender erróneamente
que un individuo posee dos conjuntos de genitales, permite a mi clítoris
ser catalogada como un pene, y la clitorectomía realizada en mí
es justificada como "cirugía reconstructiva". Por estas
razones, prefiero el término ‘intersexual’. Kira Triea,
una de las muchas personas que, como yo, hablan abiertamente de su intersexualidad,
también tiene opiniones definidas acerca de este punto. "Me
fastidia tanto cuando estoy tratando de explicar a alguien quién
soy, cuál ha sido mi experiencia, y comienzan a citarme a Ovidio".
Para Triea - una intersexual asignada como varón en el nacimiento,
y criada como tal, que comenzó a menstruar a través de su
pene en la pubertad, y que ahora vive con una mujer que se identifica como
lesbiana - el hermafroditismo es una presencial real en su vida de cada
día; no necesitaba parecerse a la poesía escrita en latín
hace dos mil años.

Al comienzo de mi proceso de salida a la luz pública como intersexual,
escogí examinar de nuevo las tres páginas de récords
médicos que había dejado volteados durante quince años.
La palabra "hermafrodita" era horriblemente hiriente, me condujo
al borde del suicidio. Pensé de nuevo en mi proceso anterior de salida
a la luz pública como lesbiana. La manera de salir de ese dolor fue
reclamar la estigmatizada etiqueta para construirle una aceptación
positiva. Esta segunda salida a la luz fue más dolorosa y difícil.
Cuando era una adolescente que reconocía mi atracción por
las mujeres, visité la biblioteca, sigilosamente revisé "Lesbiana/Mujer"
de Del Martin and Phyllis Lyon’s y "Lo Mejor de la Soledad"
de Radclyffe Hall. Aprendí que existían otras lesbianas, que
de alguna manera habían aprendido a vivir y a amar a las mujeres.
De alguna manera las encontraría, era una comunidad donde mi lesbianismo
sería comprendido, sería bienvenido. No contaba con ninguna
ayuda para reclamar mi intersexualidad. Las únicas imágenes
que encontré eran las historias de casos absolutamente patologizadas
en los textos médicos y revistas, primeros planos de genitales siendo
golpeados, medidos, cortados y cosidos, fotos de cuerpos completos con los
ojos con una banda negra.

Durante muchos meses, luché para reivindicar la etiqueta "hermafrodita".
Supe que había sido horriblemente mutilada por la clitorectomía,
privada de la experiencia de la sexualidad que la mayor parte de las personas,
varón o mujer, dan por sentado. ¿Qué hubiera sido de
mi vida si se me hubiera permitido mantener mis genitales intactos? "No",
pensé. "No quiero tener un pene entre mis piernas, para que
mi cuerpo se parezca al cuerpo de un hombre. Nunca podría relacionarme
sexualmente con una mujer si fuera un hombre." En lugar de realizar
una larga serie de cirugías para hacer que mis genitales parezcan
más masculinos, los médicos que retiraron mi clítoris
decidieron consolidar la asignación de sexo masculino antes que cambiarlo.***
Aunque puedo ofrecer poca evidencia para apoyar la idea, estoy convencida
de que, si hubiera seguido siendo hombre, ahora sería un hombre gay.

"Ya no importa, simplemente no pienses más en eso",
fue la advertencia de las pocas personas con quienes hablé, incluyendo
dos mujeres terapeutas: "Pareces una mujer." Existe una poderosa
resistencia a pensar acerca de la intersexualidad. Porque me miran y me
atribuyen el sexo femenino, la mayor parte de la gente imagina que mi experiencia
y mi historia no son femenina. La resistencia a pensar en lo que mi experiencia
sexual podría ser es aún más profunda. La mayor parte
de la gente, incluyendo a las dos terapeutas mencionadas más arriba,
está paralizada por la prohibición general de hablar acerca
del sexo explícitamente. Pero los radicales del sexo y los activistas
son un poco mejor. Asumen que estoy teniendo "orgasmos vaginales"
o incluso "orgasmos de todo el cuerpo". Si yo persisto en afirmar
mi disfunción sexual, algunos me tratan con condescendencia. "Confío
plenamente en que usted aprenderá cómo tener un orgasmo",
me dijo un hombre, y entonces continuó con su explicación
de cómo la circuncisión en el hombre era tan dañina
como la clitorectomía, al contrario de lo que me indicaba mi experiencia.

Lo más exasperante es leer, prácticamente cada día
en los medios populares de comunicación, denuncias de mutilación
genital de las mujeres africanas como un abuso bárbaro de los derechos
humanos, sin mencionar que los clítoris de los niños intersexuales
son retirados todos los días en los Estados Unidos. Estos escritores
observan ocasionalmente que la clitorectomía ha sido practicada en
los Estados Unidos, pero siempre se apresuran a asegurar al lector que esta
práctica terminó en la década del 30. Las cartas que
uno envía a estos autores no obtienen respuesta. Las cartas que uno
envía a los editores señalando esta imprecisión no
son publicadas. En 1996, el Congreso pasó la H.R. 3610, prohibiendo
"la extracción o infibulación (o ambas) total o parcial
del clítoris, los labios menores o los labios mayores". Sin
embargo, el siguiente párrafo excluye específicamente de esta
prohibición a estas operaciones si son realizadas por un médico
practicante con licencia que los considere necesarios. En 1993, la profesora
de Ciencia Médica de la Universidad Brown, Anne Fausto-Sterling,
se unió a los intersexuales en su solicitud a la congresista Pat
Schroeder, al redactar la prohibición de desatender la cirugía
genital realizada en niños intersexuales. La oficina de la señora
Schroeder no respondió. Los informes de los periódicos en
1996 alabaron la aprobación del programa como el fin de la clitorectomía
en los Estados Unidos.

Me tomó meses obtener el resto de mis récords médicos.
Supe que había nacido no con un pene sino con genitales intersexuales:
una vagina típica y labios externos, uretra femenina y un clítoris
muy largo. Se imagina, "grande" y "pequeño",
tal y como son aplicados a los genitales intersexuales, son juicios que
sólo existían en la mente de quien los ve. Desde mi nacimiento
hasta la cirugía, mientras yo era Charlie, mis padres y doctores
consideraron que mi pene era monstruosamente pequeño, y con la uretra
en la posición "equivocada". Mis padres estuvieron tan
avergonzados y traumatizados por la apariencia de mis genitales que no permitieron
a nadie que los viera: no hubo baby-sitters, no había la posibilidad
de que mis padres, cansados, fueran relevados en el cambio de pañales
por una solícita abuela o tía. Entonces, en el momento en
que los médicos especialistas intersexuales sentenciaron que mi "verdadero
sexo" era femenino, mi clítoris fue de pronto monstruosamente
largo. Todo esto ocurrió sin ningún cambio en el tamaño
objetivo o la apariencia del apéndice que se hallaba entre mis piernas.

El sexo intermedio es un fenómeno humanamente posible, pero (en
nuestra cultura) socialmente impensable. En las culturas modernas industriales,
cuando un niño nace, los expertos presentes, tanto las parteras como
los médicos, asignan un sexo basados en la apariencia de los genitales
del infante. Se les exige - por una costumbre legal y social - la asignación
al niño de un sexo o bien masculino o bien femenino. Si los padres
les dijeran a los amigos y parientes curiosos que el sexo de su hijo recién
nacido es "hermafrodita", les saludarían con una absoluta
incredulidad. Si los padres persistieran en considerar a su hijo "hermafrodita"
antes que "hombre o mujer con una deformidad congénita que requiere
de reparación quirúrgica", su mismísima cordura
sería puesta en tela de juicio.

Por consiguiente, los niños intersexuales son siempre asignados
o bien al sexo masculino o al sexo femenino. Al realizar estas problemáticas
asignaciones de sexo, los médicos especialistas son generalmente
consultados, la asignación puede no ser realizada durante algunos
días, y algunas veces es cambiada, tal como hicieron conmigo. De
hecho, hay casos documentados en los cuales la asignación de sexo
ha sido cambiada tres veces sin solicitar la opinión de o sin siquiera
informar al niño.

La mayor parte de la gente dan por seguro, incluso asumen como un "hecho
científico" que haya dos y sólo dos sexos. Sin embargo,
en realidad aproximadamente uno de cada dos mil niños nace con una
anatomía que no se conforma a nuestras concepciones previas de "hombre"
y "mujer". Pocos fuera de la profesión médica tienen
conciencia de nuestra existencia. Ahora sé que cientos de miles de
personas sólo en los Estados Unidos comparten mi experiencia, y nos
estamos organizando nosotros mismos en la Sociedad de Intersexuales de Norteamérica
(ISNA). Mi capacidad de adherir al término "hermafrodita",
en un principio vacilante e incierto, se ha convertido en profundidad, convicción
y orgullo, cuando he conocido a otros intersexuales, compartiendo nuestras
historias, nuestras vidas y nuestra ira.

Luchando por entender por qué la sociedad niega tan completamente
el fenómeno de la intersexualidad, leo mucho en campos tan diversos
como filosofía, historia, psicología y etnografía.
Me ha encantado descubrir que en años recientes algunos eruditos
han comenzado a examinar los caminos en que la sexualidad y el género
son construidos socialmente (Butler, 1990; Foucault 1980b; Kessler y McKenna
1978; Laqueur 1990; Vance 1991). Estos y otros trabajos relacionados constituyen
el reconocimiento de que los paradigmas de investigadores previos los incitó
a revisar la información acerca de la conducta, prácticas
y categorías sexuales no reproductivas. Los datos que no concordaban
con su punto de vista dimorfo, heterosexista y culturalmente determinado
eran ignorados porque no se les podía pedir explicaciones.

Sin embargo, en muchas otras culturas, el fenómeno de la intersexualidad
es mejor conocido, y en los niños, y un niño intersexual puede
ser reconocido y asignado como tal en el nacimiento. Desafortunadamente,
las interpretaciones de los etnógrafos han sido limitadas por el
dualismo sexual absoluto que ha predominado en el pensamiento occidental
desde Darwin. Recientemente, sin embargo, los etnógrafos nos han
dado ejemplos de culturas en las cuales la asignación intersexual
confiere un estatus elevado, un estatus inferior e incluso condena al niño
a muerte por hipotermia, como un presagio del demonio (Edgerton 1964; Furth
1993; Herdt 1994; Nanda 1994; Roscoe 1991). En ciertas partes, el Talmud
judío se refiere a los hermafroditas y dispone regulaciones relativas
al matrimonio, el sacerdocio, la herencia y otros asuntos para intersexuales
(Berlin y Zevin 1974). Los sabios del Talmud consideraban de manera variable
que el hermafrodita era: de cierto sexo, pero de alguna manera esencial
realmente u hombre o mujer; en parte masculino y en parte femenino; definitivamente
masculino, pero sólo con respecto a ciertas leyes. Y, en un espeluznante
eco de la práctica médica moderna, un escritor talmúdico
incluso diferencia al hermafrodita, cuyo sexo nunca puede ser resuelto,
del Tumtum, cuyo sexo es determinable mediante cirugía.

Sin embargo, los norteamericanos son propensos a manifestar su escepticismo
cuando son confrontados a la evidencia de la intersexualidad. La cultura
occidental moderna es la primera en contar con la tecnología para
reforzar la dicotomía de género: desde la década
del 50 más o menos, los medios hormonales y quirúrgicos han
sido utilizados para borrar la evidencia de los cuerpos de infantes intersexuales.
La literatura médica habla unívocamente de la necesidad de
esta práctica, aunque admita que la intervención quirúrgica
puede dañar la función sexual (Conte y Grumbach 1989; Emans
y Goldstein 1990; Hendricks 1993). El silencio ha sido considerado como
evidencia de la satisfacción del paciente.



    Por más de cuarenta años, algunas formas de clitorectomía
    o clitoroplastía han sido utilizadas para tratar a niñas
    pequeñas con síndrome androgenital [una de las docenas de
    razones por las que un niño puede haber nacido intersexual]. La
    única indicación para realizar esta cirugía ha sido
    mejor la imagen corporal de estos niños de tal manera que se sienta
    "más normales"... Ninguno se ha quejado de la pérdida
    de sensibilidad, aunque se haya retirado el clítoris por completo...
    El clítoris es claramente innecesario para el orgasmo.
    [itálicas
    en el original] (Edgerton 1993).


¿Para qué son los genitales? Mi posición es que
mis genitales son para mi propio placer. En una cultura sexualmente
represiva con una gran inversión en la ficción de la dicotomía
sexual, los genitales infantiles sirven para hacer una discriminación
entre los niños y las niñas. Es muy difícil inducir
a los padres, incluso a los médicos, a considerar al niño
como un adulto futuro, como un ser sexual. Sin embargo, los especialistas
médicos en intersexualidad se enorgullecen de sí mismos por
ser capaces de hacer justamente eso.

Para los especialistas en intersexualidad, los genitales masculinos son
para la penetración activa y el placer, mientras que los genitales
femeninos son para la penetración pasiva y la reproducción:
los hombres tienen sexo, las mujeres tienen niños. Preguntado por
un periodista por qué la práctica estándar asigna el
90 % de los niños intersexuales como mujeres (y refuerza quirúrgicamente
la asignación mediante el recorte o el retiro del clítoris),
un prominente especialista quirúrgico razonó: "usted
puede hacer un hueco, pero no puede construir un palo" (Hendricks 1993).
Obsérvese cómo John Gearhart, connotado especialista en cirugía
genital de niños intersexuales, evade la pregunta acerca de la función
orgásmica siguiente a la presentación de su trabajo de investigación
sobre cirugías adicionales para reparación de vaginas construidas
quirúrgicamente en niños intersexuales. (El Dr. Frank, asistente
a la presentación, comparte interés profesional por dicha
cirugía; el debate fue publicado en el Journal of Urology junto con
el trabajo de investigación.)



    Dr. Frank: ¿Cómo define usted una relación
    sexual exitosa? ¿Cuántas de estas niñas tienen en
    verdad un orgasmo, por ejemplo? ¿Cuántas de éstas
    tienen una clitorectomía, cuántas una clitoroplastía,
    y hace esto alguna diferencia con relación al orgasmo?

    Dr. Gearhart: Las familias fueron entrevistadas por una cirujano
    pediatra que es amable y dedicada, y que dio, creo, la máxima información
    de estas pacientes. Una relación sexual adecuada fue definida como
    una penetración vaginal exitosa. ... (Bailez et al. 1992)


Desde entonces, Gearhart ha condenado a los adultos intersexuales que
son francos como "fanáticos" (Angier 1996), y restado importancia
a los informes sobre antiguos pacientes acerca de función sexual
dañada después de una cirugía del clítoris,
pues "algunas mujeres que nunca han tenido cirugía son anorgásmicas"
(referencia retiro -3).

Con frecuencia, los especialistas en intersexualidad subrayan la importancia
de la apariencia heterosexual parra los niños intersexual consignados
a su cuidado. Por ejemplo, Slijper et al. afirma que "los padre se
sentirán mejor cuando sepan que su hija puede desarrollarse heterosexualmente,
como los demás niños" (Slijper et al. 1994, 15). El Dr.
Y, un prominente cirujano en el campo de la intersexualidad, aceptó
ser interrogado por Ellen Lee sólo bajo la condición del anonimato.
El afirma que la medida definitiva del éxito de la asignación
sexual de los niños intersexuales es la "efectividad de las
relaciones sexuales" que tienen cuando son adultos (Lee 1994, 60).
Los intersexuales asignados como mujeres que eligieron a otras mujeres como
compañeros sexuales, y aquellos asignados como hombres que eligieron
a otros hombres como compañeros sexuales, deben entonces representar
fallas de tratamiento ante los ojos de nuestros padres y de los especialistas
en intersexualidad. Ciertamente, la reacción de mi madre al enterarse
de que tenía relaciones con mujeres fue revelar a mis hermanos, pero
no a mí, mi hermafroditismo e historia de cambio de sexo y lamentar
haber permitido que los médicos me asignaran el sexo femenino, en
lugar del masculino.

Un día, mi madre y mi padre me llevaron a una habitación
para compartir un secreto conmigo. Yo tenía diez años, y era
hasta entonces completamente ignorante de los temas sexuales. "Cuando
eras un bebé, estuviste enferma", explicaron. "Tu clítoris
era demasiado grande, era alargado." Por la manera en que dijeron
la palabra alargado, fue claro que se había dado algo especial,
fuera de lo ordinario, significativo. "Tuviste que ir al hospital,
y te fue retirado." "¿Qué es un ‘clítoris’?",
pregunté. "Un clítoris es la parte de una niña
que hubiera sido un pene si ella hubiera sido un niño. El tuyo era
alargado, así que te lo tuvieron que quitar. Ahora todo está
bien. Pero no le cuentes nada a nadie sobre esto."

¿Quién soy yo? Miro mi cuerpo. Parezco una mujer.
Pero siempre he abrigado una secreta duda. Me recuerdo de mí misma
como una adolescente deprimida, retraída, tratando de robar un vistazo
a los genitales de la mujer. ¿Se parecerían a los míos?
Nunca había visto a una mujer desnuda cerca de mí. No tenía
idea de que a mis genitales les faltaran algunas partes. De hecho, uno no
puede discernir las diferencias entre mis genitales y aquellos de otras
mujeres sin separar los labios exteriores. Recuerdo haber aprendido en un
libro acerca del fenómeno de la masturbación. Traté
como pude, pero no pude localizar el foco de sensación placentera
en mis genitales, no pude hacer el truco sobre el cual había leído.
No fui capaz de asociar este fracaso con el secreto acerca de mi clítoris
alargado que había sido retirado. Simplemente no podía
comprender que se me había hecho un daño tan irreversible,
y por adultos que eran responsables de mi bienestar. Con frecuencia me despierto
de una pesadilla en la que mi vida estuvo en peligro, mi género cuestionado,
y mis genitales fueron de algún modo deformados horriblemente, saliendo
en masa de mí como órganos viscerales. No fue sino hasta que
me hice una joven adulta que fui capaz de establecer una conexión
entre la extracción de mi clítoris y mi débil respuesta
sexual, mi incapacidad para la experiencia del orgasmo.

¿Quién soy? Ahora afirmo mi femineidad y mi intersexualidad,
y mi no "mujereidad". Esta no es una paradoja; el hecho de que
mi género haya sido problematizado es la fuente de mi identidad intersexual.
La mayor parte de las personas nunca han luchado con su género, no
saben cómo responder a la pregunta: "¿Cómo sabes
que eres una mujer (o un hombre)?"

He sido incapaz de experimentarme a mí misma como completamente
mujer. Aunque mi cuerpo pase por el de una mujer, las ropas femeninas no
me quedan. Los hombros son demasiados estrechos, las mangas demasiado cortas.
La mayoría de los guantes femeninos no entran en mis manos, ni los
zapatos femeninos en mis pies. Para la mayor parte de las mujeres, éste
no sería más que un inconveniente. Pero cuando la ropa no
me entra, me acuerdo de mi historia. Por supuesto, la ropa de hombres tampoco
me queda. Las líneas rectas no tienen espacio para mis grandes pechos
ni mis amplias caderas. Todavía experimento algo sobre la manera
en que trabajo y me muevo en el mundo como relativamente masculina. Y cuando
un hombre expresa una atracción íntima por mí, con
frecuencia sospecho que puede estar luchando con una orientación
homosexual conflictuada, que ha sido atraído por una parte masculina
mía, pero mi apariencia femenina brinda a la atracción la
seguridad heterosexual.

Como mujer, no soy una mujer completa: tengo un pasado secreto, carezco
de partes importantes de mis genitales y de respuesta sexual. Cuando una
amante pone su mano en mis genitales por primera vez, la carencia es inmediatamente
obvia para ella. Al final, simplemente no me siento mujer (inclusive menos
que hombre). Pero la identidad hermafrodita era demasiado monstruosa, demasiado
Otra, demasiado extraña como para adherir fácilmente a ella.
Tenía un artículo de una revista médica que afirmaba
que sólo se habían registrado hasta hoy doce "verdaderos
hermafroditas" (etiqueta que me habían aplicado en mis récords
médicos).

¿Para beneficio de quién opera este mecanismo de eliminación
médica de rastros y silenciamiento social? Ciertamente, no en beneficio
de los niños intersexuales. He sido brutalmente mutilada, abandonada
a imaginar y buscar la verdad en absoluto silencio y aislamiento. Cuando,
a la edad de 36 años, confronté a mi madre, le pregunté
cómo había podido guardar este silencio por todos estos años,
cómo había podido dejar de enseñarme mi historia como
Charlie, sobre la etiqueta de hermafroditismo, sobre los récords
médicos. ¿Su respuesta? "Bueno, podrías haberme
preguntado." (Me pregunto qué otras improbables preguntas debería
tener la certeza de preguntar mientras ella esté viva...)

En principio, me sentí horriblemente vejada por este asunto de
la identidad. Mi primera experiencia de salida a la luz pública como
lesbiana me ayudó a ver la solución a mi aprieto. Los términos
"homosexual" y "lesbiana", como el término "intersexual",
fueron invenciones del discurso médico, usadas para patologizar las
sexualidad desaprobadas. Debo afirmar mi identidad con orgullo, insistir
en que la construcción médica de la intersexualidad como una
enfermedad es opresión, no ciencia. Debo encontrar a otros que comparten
mi experiencia, otros que hablarán claro conmigo. Una comunidad puede
proveer apoyo emocional y logístico para sus miembros, y hacer una
resistencia mucho más poderosa que individuos actuando solos.

No fue fácil superar mis sentimientos de enorme vergüenza.
Me recuerdo usando furtivamente la impresora, la fotocopiadora y el fax
en la oficina, con el corazón palpitante de miedo de que alguien
vea los documentos con que estaba trabajando. Récords médicos,
artículos de revistas médicas, un diario de mi progreso emocional.
Todavía creía que la intersexualidad era tan rara que nunca
encontraría a nadie cuya experiencia fuera similar a la mía.
En lugar de ello, busqué a y hablé con transexuales. Alice
Walker acababa de publicar "Poseyendo el Secreto de la Alegría",
una novela que focalizaba la atención occidental en el rito cultural
africano referido eufemísticamente como la circuncisión femenina.
Me emocionó leer a la anciana partera, cuya larga vida había
transcurrido realizando clitorectomías, castigar a su antigua víctima
por sugerir que la clitorectomía podía ser justificada para
los hermafroditas, pero no para las mujeres. "Todo es normal, para
ser lo que es, dice M’lissa. Tú no lo hiciste, así que
¿quién eres tú para juzgar?". (Walker 1992) Localicé
y hablé con mujeres africanas mutiladas de este modo, ahora en una
organización en los Estados Unidos contra las prácticas de
sus países de origen. Los ejemplos de estas valerosas personas me
ayudaron para lidiar con mi vergüenza.

Comencé a hablar, en un principio de manera indiscriminada, con
amigos y conocidos acerca de lo que me había ocurrido. Al cabo de
un año, había descubierto a una media docena de intersexuales,
la mayor parte de ellos también mutilados genitalmente, dos viviendo
con sus genitales atípicos intactos. Una mujer clitorectomizada en
la adolescencia: aunque ella sabía por la masturbación que
su clítoris era el foco de su placer sexual, fue incapaz de manifestarlo
o resistirse de algún otro modo a la presión de los padres
y doctores; una niña que había sido clitorectomizada sólo
dos años antes; una mujer que estaba agradecida que su madre haya
resistido años a la presión médica de retirar el largo
clítoris de su hija; un hombre que había sido criado como
niña, y que luego pasó a vivir como hombre (con los genitales
intersexuales intactos) después de haber desarrollado un cuerpo masculino
en la pubertad; un hombre cuyo pene estaba severamente dañado por
sucesivas cirugías destinadas a "corregir" la posición
de su meatus uretral, un hombre que había descubierto que la cirugía
infantil que nadie le había explicado en verdad había retirado
su útero y un ovario. Ninguna de estas personas había hablado
alguna vez con otro intersexual.

Los cirujanos afirman que la razón por la cual fracasan en proporcionarnos
consejo es que no pueden localizar profesionales de la salud mental con
experiencia en lidiar con la intersexualidad (Lee 1994). Pero los cirujanos
perpetúan esta situación al seguir mutilándonos, traumatizándonos,
estigmatizándonos y silenciándonos a nosotros, sus pacientes
intersexuales. Crecemos con tanta vergüenza que cuando somos adultos
no somos capaces de discutir nuestra experiencia abiertamente, y el fenómeno
de la intersexualidad sigue siendo invisible. Ciertamente, en un año
tan reciente como 1996, una participante en un concurso de ética
médica ganó un premio en metálico por su ensayo incitando
a los médicos a mentir a sus pacientes intersexuales con miras a
impedir que conozcan sus diagnósticos (Natarajan 1996). En la adultez,
muchas personas que fueron tratadas en la infancia por médicos especialistas
en intersexualidad, se sintieron tan traicionadas que eludieron todo cuidado
médico.

¿Qué veo cuando me veo en el espejo? Un cuerpo femenino,
aunque lleno de cicatrices y al que le faltan algunas partes genitales importantes.
Cuando interactúo en la vida cotidiana con otras personas, sin embargo,
experimento una extraña especie de disociación corporal -
mi percepción de mí misma es una entidad incorpórea,
sin sexo o género. Considero sanamente que esta escisión es
un importante elemento de crecimiento personal que me permitirá reivindicar
mi sexualidad y ser más efectiva como defensora de los intersexuales.
Mi cuerpo no es femenino, es intersexual. La cirugía no consentida
borra la intersexualidad y produce hombres y mujeres completos; produce
intersexuales violados emocionalmente y sexualmente disfuncionales. Si asigno
la etiqueta de femenina a mi anatomía postquirúrgica, le atribuye
a los cirujanos el poder de crear una mujer por medio de la mutilación
de partes corporales; accedo a su agenda de "mujer es carencia",
colaboro con la prohibición de mi identidad intersexual. Kessler
cita a un endocrinólogo especializado en tratar infantes intersexuales:
"Ante la ausencia de masculinidad, tienes femineidad... Este es realmente
el diseño básico". (Kessler 1990).

¿Las cosas deben ser así? ¿En todas las culturas?
¿En todos los tiempos? El antropólogo Clifford Geertz comparó
la conceptualización de los intersexuales por los Navajo y los Pokot
de Kenia ("un producto, si bien un producto inusual, del transcurso
normal de las cosas") con la actitud norteamericana. "Los norteamericanos
consideran que la femineidad y la masculinidad agotan las categorías
naturales en las que, de manera concebible, las personas pueden entrar:
lo que hay en el medio es oscuridad, una ofensa contra la razón"
(Geertz 1984). Ha llegado el momento para los intersexuales de denunciar
nuestro tratamiento como un abuso, de abrazar y afirmar nuestras identidades
como intersexuales, de enfrentar intencionalmente esta especie de razón
que requiere que seamos mutilados y silenciados.

Inclusive antes de que los intersexuales empezaran a hablar abiertamente,
ya existían algunos indicios de conciencia de que algo sospechoso
estaba por encima de las fronteras de los sexos. En 1980, Ruth Hubbard y
Patricia Farnes hicieron notar que la práctica de la clitorectomía
no estaba limitada al Tercer Mundo, sino que también ocurría
"aquí mismo en los Estados Unidos, donde se acostumbra realizarlo
como parte de un procedimiento para ‘reparar’ mediante ‘cirugía
plástica’ las llamadas ambigüedades genitales" (Farnes
& Hubbard 1980). Reaccionando frente a la explicación que el
especialista en intersexualidad John Money hiciera a una niña de
tres años de edad de que la clitorectomía "la haría
parecer a las otras niñas", Anne Fausto-Sterling observó
irónicamente: "Si la cirugía brinda como resultado genitales
que parecen a los que se muestran en el libro [de Money], entonces [él]
necesita una lección de anatomía" (Fausto-Sterling 1985,
138). Cinco años más tarde, Suzanne Kessler, cuyo trabajo
ha influido en el origen del discurso vigente acerca del género como
construcción social, entrevistó a médicos especializados
en tratar con niños intersexuales. Ella llegó a la conclusión,
en las páginas de esta revista, de que la ambigüedad genital
es tratada con cirugía "no porque sea una amenaza para el infante,
sino porque es amenazadora para la cultura del infante" (Kessler 1990).
Finalmente, Fausto-Sterling sugirió que la cirugía genital
no debería ser impuesta a los niños intersexuales (Fausto-Sterling
1993).

Gracias a una carta al editor, en la cual yo respondía al artículo
de Fausto-Sterling, y anunciaba la formación de la Sociedad de Intersexuales
de Norteamérica (ISNA), recibí respuestas emotivas de otros
intersexuales (citación del autor retirada -1). Una de ellas, Morgan
Holmes, ha terminado un extenso análisis de las razones por las que
la tecnología médica ha sido utilizada para eliminar a la
intersexualidad en general, y de su propio cuerpo en particular (Holmes
1994). Hasta que entró en contacto conmigo, Holmes no había
compartido su experiencia de intersexualidad con ningún ser viviente.
El único otro intersexual en su universo era Herculine Barbin, la
hermafrodita francesa del siglo XIX, cuyos diarios fueron editados y publicados
por Foucault (Foucault 1980a). La vida de Barbin terminó en suicidio.
En 1996, ISNA había crecido hasta incluir a más de 150 intersexuales
en todo Estados Unidos y Canadá, y algunos en Europa, Australia y
Nueva Zelanda.

En Gran Bretaña, los intersexuales también han comenzado
a hablar en contra del secreto extremo, de la vergüenza y del tratamiento
como anormales que recibe su condición. El movimiento británico
recibió un gran espaldarazo cuando el respetado British Medical Journal
recibió en sus páginas correspondencia que llevó a
la publicación de la dirección de un grupo de apoyo.



    "El mío fue un secreto oscuro ocultado a todos fuera de
    la profesión médica (familia incluida), pero no constituye
    una opción, porque por una parte aumenta los sentimientos de anormalidad
    y por otra refuerza el aislamiento".



      (Anónimo 1994b)



    "No es que mi ginecólogo no me dijera la verdad que me enfurecía
    (aunque de todos modos fui a bibliotecas médicas para buscar un
    diagnóstico), sino que ni a mí ni a mis padres se nos proporcionó
    apoyo psicológico sino que fuimos abandonados a nuestros sentimientos,
    cada uno por su lado, de vergüenza y tabú".



      (Anónimo 1994a)




Las dos escritoras anteriores tienen el síndrome de insensibilidad
andrógena (SIA). Durante la gestación, sus cromosomas sexuales
XY hicieron que tuvieran testículos, y sus testículos producían
testosterona. Pero, como sus células eran incapaces de responder
a la testosterona, nacieron con genitales de apariencia femenina típica
pero con una vagina corta, sin cuello del útero ni útero.
Criadas como niñas, con cuerpos que desarrollaron muchas características
femeninas adultas en la pubertad, las mujeres con SIA con frecuencia reciben
un trauma al leer en los récords médicos o textos que son
"hombres genéticos" y "pseudohermafroditas masculinos".
La publicación de estas cartas condujo a un aumento de la visibilidad
y la participación del Grupo de Apoyo SIA en Gran Bretaña,
que en 1996 tenía filiales en los Estados Unidos, Canadá,
Holanda, Alemania y Australia.

En Alemania, los intersexuales han formado el Grupo de Trabajo sobre
la Violencia en Pediatría y Ginecología para apoyo mutuo y
oposición al abuso médico. En Japón, los intersexuales
han formado Hijra Nippon, con una agenda similar. En los Estados Unidos,
HELP y el Ambiguous Genitalia Support Network fueron fundados por separado
por madres que se oponían a las intervenciones quirúrgicas
drásticas y al secreto que los médicos recomendaron para sus
niños intersexuales. Una de estas mujeres tiene un juicio pendiente
contra los médicos que retiraron los testículos de su hijo
en contra de sus deseos explícitos de que no lo hicieran.

Algunos intersexuales cuyos cuerpos se parecen al mío tienen un
XX, algunos un cariotipo XY, otros tienen un cariotipo mosaico, que difiere
de célula a célula. No hay manera posible de discernir mi
cariotipo sin enviar una muestra de tejido a un laboratorio. Si el resultado
es "XX" ¿esta información debería reforzar
mi identidad como mujer? ¿Como lesbiana? Si fuera "XY"
¿debería volver a conceptualizarme a mí misma como
un hombre heterosexual? Es gracioso que el conocimiento del resultado de
una prueba de laboratorio en el que el núcleo de la célula
es coloreado y fotografiado por un microscopio deba determinar mi percepción
del sexo o género de una persona.

El Comité Olímpico Internacional aprendió esto de
manera brutal. Desde que el COI empezó a controlar el cariotipo femenino
en 1968, una de cada 500 atletas mujeres que hicieron la prueba no la pasó
debido a sus cromosomas inusuales; en algunos casos la decisión fue
tomada sólo después del evento, y la mujer fue despojada de
su título y prohibida de competencia en el futuro. De acuerdo al
conocimiento de quien escribe, hasta ahora sólo una persona tratada
de esta manera deseado hablar abiertamente acerca de su experiencia. Cuando
los oficiales del evento se presentaron ante María Patiño
con la noticia de que era "genéticamente masculina", le
recomendaron que fingiera una lesión y se fuera discretamente (Pool
1994).

Cuando en un principio empecé a buscar a otros intersexuales,
esperé, deseé encontrar gente cuya experiencia coincidiera
con la mía. Lo que descubrí es que en un sentido somos bastante
diferentes - el rango de personalidades, ideas políticas y anatomías
en nuestro movimiento intersexual naciente es amplio. Algunos de nosotros
vivimos como mujeres, algunos como hombres, algunos como intersexuales abiertos.
Muchos de nosotros son homosexuales. Si este término es entendido
estrictamente en términos de roles de género sociales de los
compañeros. Algunos de nosotros nunca han sido sexuales. Pero en
otro sentido nuestras experiencias son sorprendentemente coherentes: aquellos
de nosotros que han sido sometidos a intervención médica e
invisibilidad** comparten nuestra experiencia de ésta como un abuso.

Reivindico la identidad lesbiana porque las mujeres que sienten deseo
por mí experimentan este deseo como lesbianas, porque me siento más
mujer cuando soy sexual, y porque siento deseo por mujeres y no por hombres.
Muchos intersexuales comparten mi sentido de la identidad queer,
incluso aquellas que no comparten esta identidad homosexual. Una, asignada
como mujer en el nacimiento y suficientemente suertuda como para escapar
a la cirugía genital gracias a un golpe de suerte, dijo que había
gozado el sexo tanto con hombres como con mujeres, pero nunca con otros
intersexuales, dijo: "Soy heterosexual en el más mejor sentido
de la palabra" (Angier 1996).

Curarse es un proceso sin fin. El sentimiento de estar completamente
solo puede ser la parte más perjudicial de lo que hemos recibido.
Mi trabajo como activista, escuchando, aconsejando y estableciendo contacto
con otros intersexuales, y trabajando para salvar a los niños que
nacen cada día de tener que repetir nuestro sufrimiento, ha sido
una parte importante de mi propia curación, de sentirme menos abrumada
por el dolor y la rabia.

 

Referencias

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